No es para calientes

No sé si a ustedes les pasa, pero cuando se pone un poco más fresco me cuesta un potosí levantarme temprano. Pero esa mañana me esperaba una batalla épica, tenía que socorrer moralmente a una amiga que tiene un problema terrible cada vez que el marido, un boludón de 37 años, se va a jugar a la play con los ex compañeros del secundario y llega a las 7 de la mañana con una borrachera que haría sonrojar al mismísimo Baco. Así que hice mi mayor esfuerzo, medio dormida, despeinada y casi sin maquillar partí en dirección al bar donde íbamos a desayunar juntas.

Todavía no está haciendo mucho frio, pero se ve que las mujeres estamos desesperadas porque se nos escarchen los deditos de los pies por las noches. ¿Será que muchas estamos deseosas de ocultar kilitos demás, ganados a puro helado y cerveza, con tapados y sacones de lana? No puede ser que apenas sopla una brisa fresca, pelamos el tapadito y nos calzamos las botas caña alta. Como la chica que justo entró al bar: chupines hiperajustados, de esos que parecen de body painting con unas regias botas grises, eso sí cuando empiecen a apretar los 20 grados del mediodía, esos pies elevan una plegaria al cielo, rogando por las sandalias prometidas.

Y ahí me avivé que seducida por morfeo, casi ni me di cuenta que me puse, y en mi apuro por llegar a horario ni me mire al espejo antes de salir. Pero soy mujer, y como tantas de ustedes, al chip de la moda lo tengo incorporado de fábrica. Salí de casa calzando un pantalón negro, con una camisa entallada de denin superpuesta a una musculosa blanca, creando unos de los outfit básico de las últimas temporadas. Que será muy lindo y cómodo pero no protege lo suficiente del fresco matinal y en cualquier momento me descuelgo con el tercer resfrío de este otoño/invierno. Es que en mi subconsciente me niego a salir con pesados tapados y después tener que acarrearlos a lo largo del día.

Cuando será el día que aprenda que no estoy en Córdoba, que el transporte público de pasajeros anda bien y que el transito no está colapsado en el micro centro. A mis citas llego siempre quince o veinte minutos antes. Y los sanjuaninos son tan impuntuales…siempre llegan media hora más tarde. Un socavo escandaloso para mi bolsillo ya que en esas circunstancias es inevitable que desayune o meriende dos veces, pero el problema más grave no es lo que gasto en alimentos, es que voy a tener que comprarme un guardarropa completo nuevo. No va a haber jean que me entre si yo le sigo entrando a la semita. Ni un jogging voy a caber.

Hablando de la expansión de mi traste, ¿Cuáles prendas de todas las que hay en mi armario – y qué todavía me entran- se vuelven a usar este año y están en condiciones de ser recicladas?

A ver… la camisa de denin que tengo puesta, los sacos y tapados largos, los chupin negro, los oxford de jean, todos los estampados de las remeras que tengo, superpuestos, obvio…En fin, estoy bastante bien.

De repente un enorme estampado de leopardo se me incrusta en la retina adormilada y me saca de mis cavilaciones matutinas, de ese momento mágico en el que me sumerjo cada mañana y analizo mi relación con el mundo. Estoy dormida, pero de algo estoy segura, es demasiado esa camisa de gasa en leopardo para un martes a las nueve de la mañana. No podés ir a hacerte un análisis clínico o un trámite al banco vestida así. Sé que cada vez se usa más, pero si te vas a poner animal print de día que sea en un accesorio, como ballerinas o un regio chal. Me pasa lo mismo con los sacos con estampado étnico y flecos, esos que vienen en estilo indio cherokee. Esa clase de abrigo es para el día. No podés ir a cenar a un coqueto restó con ese tapado, ahí si podés lucir tus curvas en un camisa animal print o encaje como la que trae puesta la señora.

Decí que justo en ese momento entró mi amiga al bar, que si no, me paraba y le cantaba las cuarenta a esa dama desubicada. La flaca es una reina, está siempre impecable, se puso una remera blanca, jeans oxford, botas negras y una camisa leñadora en tonos rojos a modo de abrigo. Le falta un sombrero vaquero y es una cowgirl del oeste de Arizona. Muy “Tio Sam” todo lo que se está usando, ¿no?

Mi segundo desayuno del día discurre sin sobresaltos. Hablamos sobre la última que se mandó el marido, la contuve con el típico consuelo de tontos: “Todos los hombres son iguales”. Pero no hay caso, no pudimos dejar de mirar a la señora osada en transparencias zoológicas. Contesta el celular. Saca un espejito de la cartera y se acomoda el flequillo. Se pone perfume. Y vuelve a repasar el carmín de sus labios que perdió en la taza de café.  “Es claro, está esperando un tipo, que seguro es casado” dijo mi amiga sin conexión aparente con lo que estábamos hablando, pero sabiendo que a las dos nos llamaba poderosamente la atención la situación para nada discreta que rodeaba a la dama que estaba sentada en el último rincón del bar. “Si, no podes vestirte así a esta hora del día si no es que necesitas verte sexy. Pero para mí es desubicado” le dije a mi amiga con rictus de gurú de la moda.

Y ahí nos quedamos las dos haciendo lo que mejor nos sale: criticar a otras mujeres y quejarnos de los hombres. Hasta que de repente entro él. Traje, anteojos negros que jamás se sacó, rictus de seriedad en las comisuras de la boca, y la innegable fisonomía del marido de mi amiga.

La cara de la flaca se transfiguró, se le llenaron los ojos de lágrimas de odio y lo único que logro decirme antes de levantarse a hacer el escándalo de fin de temporada de su vida, fue: “Por lo menos me hubiera gorreado con una mejor que yo”

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