El sueño de la piba


Por esos años mozos, yo era una jovencita con infulás de hippie (y pulcritud de burguesa) que estudiaba Comunicación Social, asistía a clases comunitarias, hacía trabajos prácticos mientras mis compañeros fumaban yerba, hojas de eucapiltus (o lo que venga) y cada vez que la Bersuit tocaba yo me apersonaba en la puerta del lugar vistiendo de manera impecable el buzo del pijama de mi papá.
Me acuerdo que la primera vez que los ví fué en una fiesta de la primavera en Carlos Paz allá cuando todavía no comenzaba el segundo milenio (si chicas, soy eterna de vieja) y también me acuerdo del último recital al que fuí, abrazada a la Flaca cantando Un Pacto.
Y aunque separado de la banda y todo, la magia sigue viva.
Es que el tipo tiene carisma viste.
Y para colmo la que aquí suscribe le hizo una entrevista (si, por si no se acuerdan soy periodista).
Decirles que tiene los ojos celestes más lindos que ví en mi vida sería un exceso y capaz que hasta redunde en un mini escena de celos de mi maridito, pero que los tiene los tiene.
Y a mi me temblaba la mano donde tenía el grabador.
Eso si, lo primero que hice fué estamparle un regio beso en la mejilla apenas nos abrió la puerta del camarín y se acomodó para las fotos.
Encima yo tenía el pelo hecho un escándalo porque ya me había saltado y cantado todo durante el recital.
La imagen de periodista objetiva fué socavada de manera tal que Mariano Moreno se retorcería en su tumba. Pero yo me fuí felíz y con una conversación con el Pelado Cordera guardada en las notas de voz de mi BlackBerry.

P.D.: Le tendría que haber pedido que me autografíe el escote


La llorona

Toda historia tiene un comienzo, y esta empezó hace muchos años cuando las fotos eran sepia y la que suscribe peinaba un flequillo que le quedaba como una patada en el traste y sus amiguitas y hermanitas, también pequeñas pero no por eso menos malvadas, le decía la “lloradora” porque si me mirabas fuerte estallaba en llanto. Cómo será que mi abuela cada vez que me veía llorar me preguntaba: ¿Y ahora porque llorás Laura? Ante lo cual yo respondía absolutamente acongojada: “¡Porqué me viene la llorada!”
He llorado en situaciones absurdas, aunque no para mi, si por lo menos para el resto de las personas que me rodearon en el momento mismo en que me asaltó el llanto. A los 16 años viendo por cable la película de Disney: “La Bella y La Bestia”, cuando la Bestia se enferma porque la Bella se va. Recuerdo también, que no me importó romper en llanto desconsolado en el cine en ocasión del estreno de Titanic, al punto que la chica de atrás le comentó a su amiga: “¡Mira como llora la de rulitos de adelante!”
Cómo será que no es necesario que haya visto algún capitulo de una novela, cada vez que veo las últimas escenas, la lágrima me nubla la visión y no la puedo contener en el ojo. Y ni hablar que cada vez que veo una película que ya vi y que sé que termina mal, lloro sin cesar desde las primeras escenas hasta el final.
En tren de confesiones, les digo que a esta altura de mi vida me tiene sin cuidado que la gente piense que soy una boluda. Yo prefiero definirme como una persona sensible, que no se conforma con que el carácter trágico de las cosas sea definitivo.
Y como ya lo dijo Moria: “Si querés llorar, llorá”


¿Cada uno en su casa, y Dios en la de todos….?


Hace días me ronda una duda casi existencial me arriesgaría a decir:
¿Funcionan los amores a la distancia?
Confieso que conozco casos en los que si, como también confieso que sostuve dos, pero ninguno prosperó más allá de un par de meses.
El primero de ellos fue con un lindo muchachito mendocino que conocí en unas “vacaciones” allá por el año 1997. Fueron los mejores 10 días que pasé en mi vida, y una de las relaciones más sanas que había sostenido hasta ese momento. Y como era una cursi y novelera muchachita, me enamoré hasta la médula y creo que él también.
El tema es que luego cada uno debió volver a su lugar de origen, y a pesar que nos escribimos cartas cargadas de amor meloso y nos llamamos varias veces (yo más que él, para serles sincera), nuestro encuentro en las vacaciones de invierno finalmente no se pudo dar, lo que irremediablemente hizo que la relación se enfriara, al punto de que decantara en un desinterés de ambas partes.
Debo confesar que a pesar que sufrí muchísimo la distancia física con mi amado de turno, la finalización del romance no fue para nada dolorosa.
Luego llegaron otros hombres, y me fui olvidando de él lentamente, como todas las cosas tristes de mi vida.
Allá por el 2001, luego de la primera separación con el innombrable, conocí a un chico muy simpático, dulce y también con el corazón hecho añicos, que había venido desde Rafaela (pueblo santafesino para aquellos que no saben) para olvidar a su eterna novia que le había colgado la galleta pocos meses antes de casarse.
Al principio y como él era amigo de un noviecito de mi hermana menor, nos hicimos “compinches”. Nos contentaba poder regodearnos de nuestras desgracias, pero consuelo, consuelo viene, no pudimos evitar sentir una extraña atracción que desencadenó en unas tremendas noches de lujuria (eran maravillosas las cosas que me hacía este muchacho, una pena sin duda cuando se cortó el chorro)
Pasado varios meses y luego de gastarse todos sus ahorros, recurrir a un crédito paterno, y vivir de los amigos algunas semanas más, como no encontraba trabajo se tuvo que marchar a su Rafaela natal. Nos llamamos, escribimos y prometimos visitarnos muy seguido hasta que él pudiera volver. Pero las conversaciones telefónicas se hicieron más esporádicas, las cartas menos pasionales y un buen día, yo reincidí con el innombrable, y él con su ex, y no volví a saber nada del que considero fue el único novio como la gente que tuve.
Ambas experiencias me dejaron la convicción de que los noviazgos a la distancia no prosperan, pero últimamente estoy observando las experiencias sentimentales de algunas de las mujeres de mi entorno, una colega, una de mis mejores amigas y mis hermanas.
Mi colega, que debe hacer larguísimos viajes ya que su novio reside en Bariloche, ha encontrado un método más que conveniente. Viajan fin de semana de por medio, una vez cada uno.
En el caso de mi amiga, que tienen muchas menos horas de viaje ya que su amorcito habita en Santa Fe, se trasladan todos los fines de semana, una vez cada uno.
Además mis dos hermanas, casadas ellas, tienen maridos que trabajan viajando y a los que solo ven los fines de semana. Llegan los viernes a la noche y se van los lunes tempranísimo, y dentro de todo tienen un matrimonio bastante normal.
Muchos objetaran que al verse solos los fines de semana, es más facil llevar la relación de manera armoniosa. Pero no se crean, ya que cuando se ven se pasan las 24 horas del día juntos. Comen, se bañan, duermen, y hasta cagan juntos, y no es nada facil cuando uno está acostumbrado a estar solo y tiene sus rituales y mañas.
Es así que esto me llevó a pensar que capaz que en el momento en que se dieron las mías, como yo era chica y vivía con mi padres, dependía totalmente de ellos para cualquier actividad, y ellos no es que fueran castradores, pero no me iban a dar permiso ni plata para viajar, ni con 18 la primera vez, ni con 22 años la segunda, a otras provincias para ver a mis noviecitos y hospedarme en sus hogares, ni hablar de recibirlos a ellos en mi casa materna.
Supongo que si ahora me tocara sería distinto. No vamos a decir que gano un platal en mi trabajo, pero si podría darme el lujo de hacer un par de viajecitos y como vivo solita mi alma, ya no les tengo que pedir permiso ni dar demasiadas explicaciones de mis actos a mis señores padres.
Además no solo lo digo, sino que lo recontra afirmo: el amor es una de esas pocas cosas por las que vale la pena, el esfuerzo y el sacrificio, luchar.


Porque te quiero, te aporreo


Gracias a Dios, Alá, Jehová y toda la divina providencia, nunca me crucé con un señor que osara levantarme la mano. No se si tiene algo que ver con la suerte, ya que sé de casos de mujeres excepcionales que se enamoran de un señor que esgrimiendo el argumento: “Yo te amo pero me sacás de las casillas”, le propinan una buena tunda para que se rescate. Pero todos sabemos que lo único que buscan es que ella les tenga miedo, para así poder controlarla y dominarla mejor. Ósea estos señores son unos inseguros e incapaces, nadie que tenga un poco de amor propio utiliza el miedo para que alguien se quede a su lado y no le discuta sus acciones y decisiones.
Sin embargo existen muchas formas de ejercer violencia para despertar el temor de otros. Una de ellas es la psicológica, ósea no llegan a dejarte un ojo morado, pero comienzan subestimándote hasta que llegan a humillarte tanto, que te hacen sentir una larva miserable que jamás podrá convertirse en mariposa, y por ende te terminás quedando con ellos porque tenés la fuerte convicción que no tenés otras chances en la vida más que quedarte con este troglodita que te tocó en desgracia.
En mi caso particular, mi ex tenía el don particular de hacerme sentir que le hablaba a la pared.
Más de una vez teníamos discusiones inverosímiles y ridículas donde él esgrimía como argumentos para sostener sus teorías, exactamente los mismos que yo le había dicho con anterioridad, nada más que usando palabras distintas. El muy infeliz ni siquiera tenía la delicadeza de escucharme cada vez que nos peleábamos. El señorito me discutía por el puro placer de verme enojada, aún cuando su salud corría serio peligro, ya que yo sabía la ubicación exacta de todos los cuchillos y tijeras de su casa (cosa que él, no)
Otras veces me discutía para aportar al sano esparcimiento de sus invitados. Esas realmente si, que eran ocasiones para alquilar balcones cuando los agasajados se retiraban de la morada del susodicho. Más de una vez los vecinos nos denunciaron por ruidos molestos, y la fiesta hacía horas que se había terminado y lejos estábamos de una reconciliación lujuriosa. El tema es que siempre me comporté como una lady, así que jamás le lancé ningún improperio frente a las visitas, es más solo lo miraba amenazante (reitero yo sabía la ubicación de los objetos punzantes, él no y lo sabía) cuando nadie nos estaba mirando.
Pero lo que realmente marcó un punto de inflexión, casi definitivo en nuestra relación, fue cuando en una de las ultimas discusiones me dijo muy burlonamente: “Bueno hagamos una cosa, vos le pedís a tu mamá un manual de instrucciones tuyo, así se como tratarte y decirte las cosas para que no te enojes” A lo que casi enajenada le respondí: “Hace 7 años que me conocés, ¿y todavía no sabés como tratarme?” Listo el pollo, y pelada la gallina, de ahí no hubo más retorno. Las discusiones se suscitaron una tras otra hasta que ya no existió forma de remontar la situación.
Ahora yo me pregunto, después de tres temporadas consecutivas de mujeres asesinas ¿Todavía hay hombres que nos siguen subestimando?


Billetera mata galán


Cada uno tiene su arma de seducción. Conozco señores que seducen con el humor, otros con la bella osamenta que el creador les concedió, otros desarrollan muy bien el don de la palabra, y los hay de aquellos que pretenden seducirte haciendo uso de su poder adquisitivo.
Para serles sincera, y a pesar de ser una chica sociable, jamás me he cruzado con señores de billetera abultada. Todos los muchachos que han pasado por este cuerpo han sido, además de secos, miserables. Porque una cosa es carecer del vil metal y otra muy distinta es que no sean capaces, ni siquiera, de comprarte un peluchito que se cuelga con una sopapita en el vidrio del auto, cuando es tu cumpleaños.
Pero bueno, a mi nunca me importó que me hagan regalos, mientras me hicieran reír y me “amaran” como corresponde, si no me hacían regalos o no me invitaban a lugares caros, pasaba totalmente a segundo plano.
Sin embargo si me he cruzado con tipos que carentes de belleza, gracia o una abultada billetera, han intentado aparentar lo que no son. Evidentemente como el talento en cualquier arte o la belleza misma no se pueden aparentar, estos jóvenes han pretendido hacerme creer que ostentaban una pequeña fortuna y que aspiraban a despilfarrarla conmigo.
Recuerdo, quizás gratamente, a un señor que me pasaba a buscar en un auto importado, último modelo, y me llevaba a restaurantes con aire parisino y pedía el plato más caro. Después nos trasladábamos hasta el boliche más exclusivo de la zona más caté de la ciudad donde ingeríamos los tragos más exóticos, todo esto con el solo objetivo de terminar la noche en uno de esos telos que tienen yacuzzi, cama redonda giratoria y espejos hasta en el fondo del inodoro, cosa que yo iba a hacer lo mismo así me llevará a una cita mucho más humilde, si es que realmente hubiera tenido ganas de “amarme” con el señor en cuestión.
Demás está decirles que me gustan los hombres que me hacen reir, y este no tuvo chances, solo consiguió un cálido beso de despedida en la mejilla y hablar varias veces con el contestador de mi celular.
Igualmente no se dio por vencido tan fácilmente y se gastó lo que no tenía en ramos de flores exóticas, las cual tiraba apenas se marchitaban, sin siquiera guardar una sola como recuerdo en algún libro de mi biblioteca materna.
Pero como el mundo es un pañuelo, y cuando el joven en cuestión entendió la indirecta bien directa, yo conocí a la amiga de una prima de mi antiguo pretendiente, que charlando sobre el tema de los hombres que aparentan lo que no son para conquistar a una mujer, me contó “mi historia”, burlándose maliciosamente de mi galán.
De allí que descubrí que él no tenía el dinero que decía poseer, y por compasión no comenté que yo era una de los protagonistas de la historia, y no pude evitar sentir un cachito de culpa por todo el dinero que invirtió inútilmente para conseguir, aunque sea, un beso de esta boca.
Después pensé que quizás tendría que haberle dado una oportunidad, más que nada por el gesto que tuvo, pero al instante me lo saqué de la cabeza, me parecía demasiado patético lo que había hecho, si el hecho de que él tuviera o no plata, no iba a cambiar mi decisión final. Entonces me sentí insultada: “¿Pensó que podía comprarme como a alguno de esos gatos pardos que salen en la tele? A este cuerpo no lo compra ni todo el oro del mundo” pensé indignada.
Y sin pena y sin gloria, me olvide del asunto y del señor.
Es que mi amiga Noe tiene razón, la plata busca la plata. Nunca un tipo que realmente tengo dinero se va a fijar en minas secas como una, eso ya no pasa ni en las novelas Además convengamos que para conocer tipos que realmente sean adinerados hay que frecuentar ciertos lugares a los que jamás tendremos acceso por secas. Y si lo tenemos solo será por gatos, y de esa forma, como mucho, podemos aspirar a que nos ponga un departamentito y nos convierta en su amante, pero no mucho más. Y a lo que yo aspiro es a un hombre que me ame, valore y respete, lo suficiente como para tener una relación seria, y la vida se ha encargado de demostrarme que si una no se respeta a si misma, el señor menos lo hará.
Así que para que pretender tirarse un pedo más alto que el culo, si yo lo único que quiero es un señor laburador y que me haga reír. ¿Les parece mucho pedir?